miércoles 13, mayo 2026

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Bosques en alerta en Argentina y el aporte de la tecnología para su protección

En Argentina, donde la deforestación mantiene una tendencia sostenida, la protección de los bosques nativos se vuelve cada vez más urgente. En ese escenario, la tecnología emerge como una aliada para fortalecer el monitoreo, la gestión y los procesos de restauración.

Cada 21 de marzo se conmemora el Día Internacional de los Bosques, una fecha impulsada por la Organización de las Naciones Unidas que busca visibilizar el valor de estos ecosistemas en un contexto global atravesado por el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la presión creciente sobre los recursos naturales. Lejos de ser una efeméride simbólica, funciona como un recordatorio de un problema que, en muchos casos, avanza más rápido que las respuestas.

En Argentina, los bosques nativos son considerados un elemento estratégico que combina dimensiones ambientales, sociales y productivas. Regulan el ciclo del agua, capturan carbono, protegen los suelos y albergan una biodiversidad clave, al mismo tiempo que sostienen economías regionales y formas de vida vinculadas al territorio. Esa diversidad se expresa en ecosistemas muy distintos entre sí, como el Gran Chaco, las Yungas, la Selva Misionera o el Bosque Andino-Patagónico, cada uno con dinámicas propias pero atravesados por un mismo desafío: su preservación.

Sin embargo, la presión sobre estos ecosistemas no es homogénea. El caso más crítico es el del Gran Chaco, donde el avance de la frontera agropecuaria ha generado una transformación sostenida del paisaje. En las últimas dos décadas, esta región concentró una parte significativa de la pérdida de bosques nativos del país, y es señalada como uno de los focos de deforestación de la región. A esto se suman situaciones de riesgo en las Yungas, donde la expansión productiva también tensiona el equilibrio del bosque, y procesos de fragmentación en la Selva Misionera, incluso en un contexto de mayor protección. En el sur, en cambio, el Bosque Andino-Patagónico enfrenta problemáticas diferentes, como los incendios forestales y los efectos del cambio climático.

Los datos reflejan la magnitud del problema. En los últimos 20 años, Argentina perdió alrededor de 6,5 millones de hectáreas de bosques nativos. En los registros más recientes, la deforestación continúa siendo una problemática vigente, especialmente en el norte del país, donde el avance de actividades productivas aparece como uno de los principales factores, en muchos casos acompañado por desmontes que ocurren incluso en zonas donde la normativa los restringe.

Las consecuencias de este proceso exceden lo ambiental. La deforestación impacta en la biodiversidad, contribuye al cambio climático, degrada los suelos y aumenta la vulnerabilidad frente a inundaciones, al tiempo que afecta directamente a comunidades que dependen de estos ecosistemas para su subsistencia. En este sentido, la pérdida de bosques no solo implica la desaparición de un recurso natural, sino también la alteración de equilibrios sociales y económicos.

Frente a este escenario, las respuestas comienzan a diversificarse. La protección de áreas críticas aparece como una herramienta central, aunque no suficiente por sí sola. En paralelo, avanzan iniciativas de restauración y reforestación, mientras que el concepto de regeneración empieza a ganar espacio como un enfoque más integral.

En este contexto, la tecnología se posiciona como una de las herramientas con mayor potencial para mejorar la gestión de los ecosistemas. El monitoreo satelital, la inteligencia artificial y el uso de sensores permiten no solo detectar desmontes con mayor precisión, sino también generar información en tiempo real para optimizar la toma de decisiones.

Para profundizar en este enfoque, unirSe consultó a Nideport.

“La innovación tecnológica permite transformar la gestión ambiental en un proceso basado en datos, con mayor precisión y transparencia”

Señala Juan Nuñez, CEO y cofundador de la compañía.

A través del uso de drones, sensores e inteligencia artificial, estas herramientas permiten monitorear variables como la cobertura forestal, la biodiversidad, la humedad del suelo, la salud de la vegetación o cambios en el uso del suelo, y procesar grandes volúmenes de datos para detectar patrones y riesgos. “Esto permite pasar de una gestión reactiva a una gestión preventiva y basada en evidencia”, explican desde la compañía.

Este nivel de información también resulta clave en proyectos vinculados al financiamiento climático. Según señalan desde Nideport, uno de los principales desafíos es asegurar que los créditos de carbono representen reducciones o capturas reales, medibles y verificables. En este punto, la tecnología vuelve a ser central:

“La tecnología cumple un rol cada vez más importante en este proceso, porque permite registrar datos de campo, validar información de forma remota y generar registros transparentes que fortalecen la confianza en el mercado de carbono”.

Sin embargo, la tecnología no alcanza por sí sola. La protección de los bosques parte de decisiones, de prioridades y de una convicción que atraviesa a gobiernos, empresas y a la sociedad en su conjunto. En ese marco, la conciencia colectiva —expresada tanto en los hábitos de consumo como en la demanda hacia distintos actores— se consolida como un factor clave, a partir del cual las herramientas tecnológicas pueden potenciar los procesos de conservación y restauración.

Foto: Moritz LüdtkeUnsplash

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