En el marco del Día Mundial de la Población, la Red de Institutos Universitarios Latinoamericanos de Familia (REDIFAM) y la Universidad Austral compartieron un informe que pone el foco en cómo están cambiando las dinámicas demográficas y familiares en América Latina. En el caso de Argentina, los datos son claros: cada vez nacen menos bebés y la población está envejeciendo a paso firme.
Uno de los datos más llamativos es que, en promedio, las mujeres argentinas tienen 1,4 hijos, muy por debajo del nivel considerado necesario para mantener estable la cantidad de habitantes. Además, la edad promedio ya ronda los 33 años y la esperanza de vida llega a los 78. En otras palabras, somos un país que dejó de ser “joven”. A esto se suma un dato simbólico pero contundente: por primera vez en la historia, nacen casi tantas personas como las que mueren. Esta tendencia ya venía gestándose desde 2015 y la pandemia no hizo más que profundizarla.
Por otro lado, también están cambiando las formas de vida en los hogares. Argentina lidera el ranking regional de personas que viven solas: casi uno de cada cuatro hogares es unipersonal. Las familias tradicionales, con padres e hijos, bajaron al 57%, y los hogares más grandes, con abuelos o tíos, se mantienen estables. Esto refleja una transformación fuerte en los vínculos cotidianos, en cómo nos acompañamos, sobre todo cuando hablamos de personas mayores. Además, al no haber datos oficiales unificados sobre divorcios, cuesta tener una mirada completa sobre cómo evolucionan las rupturas de pareja y qué implican a nivel social.
“Argentina ya no es un país joven y eso nos obliga a tomar decisiones importantes”
Advierte la Dra. Lorena Bolzon, presidenta de REDIFAM y decana del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.
Según ella, tenemos que repensar el sistema de salud, el mundo laboral, las jubilaciones y las formas de cuidado para acompañar a una población que envejece rápido. Pero también propone cambiar la mirada: el envejecimiento no tiene que verse solo como un problema, sino como una oportunidad para valorar lo que las personas mayores pueden seguir aportando. Para eso, hacen falta políticas públicas que fomenten la solidaridad entre generaciones y el trabajo conjunto de distintos sectores.
















