La tecnología puede hacer mucho más que acelerar un proceso o incorporar nuevas herramientas a una operación. Cuando responde a problemas concretos, también puede modificar la manera de trabajar, ampliar capacidades y abrir nuevas posibilidades para una organización. Esa es una de las principales conclusiones que atraviesan el capítulo sobre tecnología del Informe 2026 de Conversaciones que Transforman : el verdadero valor de una innovación no está solamente en aquello que incorpora, sino en lo que permite transformar.
La experiencia de Grupo Mitre muestra esa transformación en un ámbito donde la tecnología adquiere una dimensión particularmente concreta: la demolición. Robots eléctricos telecomandados, excavadoras de gran alcance y equipos para procesar materiales no solo permiten abordar obras de mayor complejidad. También modifican las condiciones de seguridad, la capacidad de intervenir sobre determinados espacios y el destino de los materiales que quedan después de una obra.
Pero, como plantea el informe, la tecnología por sí sola no produce una transformación. Su impacto depende de las decisiones que orientan su incorporación, de las capacidades que se desarrollan alrededor de ella y de las personas que la utilizan.
En esta entrevista, Miguel Ippolito, director de Gestión de Grupo Mitre, explica cómo la incorporación de tecnología transformó la actividad de la empresa, qué capacidades fueron necesarias para acompañar ese proceso y por qué el desafío no termina en demoler, sino también en encontrar nuevas posibilidades para aquello que queda después.
¿Cuál es hoy el principal diferencial que aporta la tecnología?
«La tecnología fue la que nos abrió mercados y nos permitió acceder a otro tipo de obras. Fuimos la primera empresa en traer al país robots eléctricos telecomandados de demolición. También contamos con excavadoras de gran alcance que permiten trabajar sobre estructuras de varios pisos.
Gracias a esos equipos podemos realizar demoliciones en aeropuertos, puertos, plantas industriales y operaciones mineras. Son entornos muy complejos que requieren precisión y plazos exigentes. También nos especializamos en la atención de siniestros. Cuando sucede un derrumbe o un incendio y existe peligro de colapso, no puede ingresar cualquier maquinaria ni demolerse de cualquier manera.
Los robots permiten que el colaborador opere desde una distancia segura y no permanezca cerca de una estructura inestable. El riesgo queda concentrado en la máquina y no en la persona.»
Las personas detrás de la tecnología
La incorporación de equipamiento no reemplazó la intervención humana. Modificó las capacidades necesarias para realizar cada trabajo y fue acompañada por nuevos procedimientos y capacitación.
¿Qué hizo falta además de incorporar las máquinas?
«Nada de esto sería posible sin una visión de la alta dirección. Es necesario tener claro adónde queremos llegar, qué queremos ser y cuáles son los clientes con los que queremos trabajar.
También cambió mucho la concientización interna. Hace treinta años podía ser una lucha lograr que un colaborador usara casco. Hoy, el casco, el chaleco, el calzado de seguridad, el arnés y los demás elementos de protección personal ya son parte de la cultura. No son optativos.
Se realizan muchas capacitaciones y contamos con auditorías permanentes por la trinorma ISO de seguridad, ambiente y calidad. La tecnología, la innovación y la sustentabilidad siempre fueron juntas.»

Lo que queda después de demoler
La tecnología también interviene cuando la estructura ya fue derribada. Una trituradora de áridos permite separar, limpiar y reducir el tamaño de los materiales hasta obtener una granulometría apta para utilizarlos en caminos, terrenos o como base de nuevas obras.
En la mirada de Ippolito, los residuos dejan así de ser solamente algo que debe retirarse y pueden convertirse en un insumo capaz de permanecer dentro del circuito productivo.
¿Qué sucede con los materiales recuperados?
«El esquema ideal es que el mismo cliente conserve su residuo procesado. De esa manera se reducen los traslados y la huella de carbono.
En Aeroparque demolimos la pista anterior, procesamos el hormigón y el cliente lo utilizó como subbase de la nueva pista. También lo hicimos en el Autódromo de Buenos Aires. Instalamos dos trituradoras y los residuos áridos se reutilizaron en el lugar. El cliente evitó el costo de disponerlos y obtuvo un ahorro superior al 30 por ciento respecto de la compra de material virgen. Ese proyecto fue nominado internacionalmente en la categoría de reciclaje.
Cuando el cliente no quiere conservar el material, lo trasladamos a nuestra planta. Allí queda disponible para obras propias o para venderlo a terceros. Siempre existe una parte que no puede recuperarse porque está contaminada o mezclada con basura. Pero recuperamos el ciento por ciento del material que efectivamente puede ser recuperado.»
El valor que todavía cuesta ver
Al finalizar cada obra, Grupo Mitre entrega al cliente un reporte socioambiental con las toneladas de residuos recuperadas, la huella de carbono generada y compensada, las capacitaciones realizadas y el empleo vinculado con el proyecto.
Para Ippolito, la recepción de esa información muestra que el valor de esta forma de trabajar todavía no es percibido de la misma manera por todas las organizaciones. En algunas, el reporte llega a las áreas de sustentabilidad e incluso a las casas matrices. En otras, la evaluación continúa concentrada en el precio y no alcanza a reconocer las diferencias que existen detrás de cada presupuesto.
¿El mercado valora esta manera de trabajar?
«En las grandes licitaciones, especialmente en minería o en industrias complejas, suelen pedirnos certificaciones ISO y ambientales desde los primeros contactos. Allí podemos mostrar que somos una empresa B certificada y que contamos con la trinorma. Esas compañías comprenden desde qué base iniciamos la negociación.
Con la circularidad todavía encontramos situaciones diferentes. A veces nos cuesta llegar al área de sustentabilidad o institucional para presentar el reporte. También seguimos recibiendo pedidos para cotizar una obra sin reciclaje o respuestas que se limitan a decir que somos más caros.
En muchas obras urbanas la comparación sigue siendo puramente económica. La discusión termina en el precio y no siempre existe interés por conocer qué hay detrás de cada presupuesto. Nuestro trabajo constante es explicar con quién se nos está comparando y por qué hacemos las cosas de esta manera.
El desafío es que el mercado reconozca ese valor y que todos compitamos bajo las mismas normas. La construcción es una industria muy tradicional y estas prácticas difícilmente puedan extenderse sin incentivos que impulsen el uso de materiales reciclados.»
El recorrido que describe Ippolito muestra que la tecnología puede cambiar mucho más que la manera de derribar una estructura. Puede proteger a quienes trabajan, hacer posibles intervenciones de mayor complejidad y transformar los materiales de una demolición en recursos para nuevas obras.
Sin embargo, ese diferencial no reside únicamente en las máquinas. También depende de las personas que deciden incorporarlas, aprenden a utilizarlas y sostienen una forma de trabajar cuyo valor el mercado todavía no siempre consigue ver.











