viernes 30, enero 2026

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El poder transformador del arte en la educación ambiental: diez años de aprendizajes

Informar no siempre alcanza. A partir de más de una década de trabajo en educación ambiental, Cristian Pérez Scigliano reflexiona sobre el poder del arte para involucrar, habilitar diálogos y generar cambios duraderos.

Por Cristian Pérez Scigliano

«Hablar de educación ambiental no es solo hablar de contenidos, datos o problemáticas globales. Es, sobre todo, hablar de cómo logramos que las personas se involucren, se sientan parte y entiendan que el cuidado del ambiente también tiene que ver con sus decisiones cotidianas. Después de más de diez años trabajando en este campo, desde el rol que ocupo liderando PEFF, una organización de la sociedad civil que trabaja la educación ambiental a través de proyectos socioambientales, culturales, educativos y de conservación, hay algo que tengo claro: el arte es una de las herramientas más potentes para generar ese vínculo.

A lo largo de este tiempo aprendí que muchas veces no alcanza con explicar. Informar es necesario, pero no siempre es suficiente. La educación ambiental funciona mejor cuando logra tocar una fibra emocional, cuando despierta preguntas y genera identificación. Y ahí es donde el arte —en sus múltiples formas— juega un rol clave.

Murales pintados entre vecinos, talleres donde se crean objetos a partir de materiales reciclados, instalaciones artísticas en espacios públicos o proyecciones audiovisuales que invitan a mirar el mundo desde otra perspectiva. Todas esas experiencias tienen algo en común: habilitan el diálogo. No imponen un mensaje, lo construyen colectivamente. Y eso cambia por completo la forma en la que se recibe.

En muchos casos, el arte se convierte en la puerta de entrada a conversaciones que de otro modo serían difíciles de abordar. La sostenibilidad, el consumo responsable, la crisis climática o la pérdida de biodiversidad dejan de ser conceptos abstractos y se vuelven historias, imágenes, emociones. Personas que quizás no se acercarían a una charla técnica sí se quedan frente a una obra, participan de un taller o comentan una película. Y a partir de ahí, algo empieza a moverse.

Uno de los aprendizajes más valiosos de estos años es ver cómo la educación ambiental no siempre genera cambios inmediatos, pero sí deja huella. A veces el impacto aparece tiempo después: alguien que recuerda una experiencia artística y decide cambiar un hábito, una escuela que toma una idea y la transforma en proyecto, una comunidad que se organiza a partir de una acción creativa compartida.

También entendí que el arte no solo educa: empodera. Les da voz a quienes participan, les permite expresarse, apropiarse del mensaje y hacerlo propio. Cuando una persona crea, opina o interpreta, deja de ser espectadora y pasa a ser protagonista. Y esa lógica es esencial si queremos hablar de educación ambiental real, participativa y transformadora.

Hoy, mirando hacia atrás, confirmo que combinar arte y educación ambiental no es una estrategia estética ni un recurso accesorio. Es una manera de construir conciencia desde lo humano, de generar sentido de pertenencia y de recordar que cuidar el ambiente no es una obligación externa, sino una responsabilidad compartida.

En un contexto donde los desafíos ambientales son cada vez más complejos, apostar por la creatividad, la sensibilidad y la expresión artística puede parecer simple. Sin embargo, es justamente ahí donde muchas veces empiezan los cambios más profundos.»

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